enero 28

Unas cuantas líneas no le hacen justicia, por cierto, a todo lo que tengo para agradecerles. Ni siquiera a todo lo que les debo en lo que respecta a la poesía y a la literatura en general. Imaginen el lugar que ocuparía un agradecimiento que fuera más allá del ámbito literario. Imposible. Una tarea de titanes. Por eso mutilaré mis agradecimientos y dejaré al margen a todo lo que no se relacione con las palabras. Esa gratitud se expresa frente a frente, uno a uno.

Las palabras. Benditas y transformadoras. Todos ustedes me han acercado de un modo u otro a ese mundo. A un lugar de hechizos benévolos en los que me refugié y en los que me sumerjo hasta el día de hoy. Bien o mal, a ciegas o con la conciencia en carne viva. Les agradezco que me hayan mostrado una y mil veces el sendero que nunca me canso de redescubrir. Como ávida lectora o como aspirante a tantas cosas, en el oficio de enhebrar palabras como cuentas…

  • Gracias a Silvia Castiglioni, la primera mentora quizás involuntaria, que descorrió el velo y sigue guiándome desde la distancia y el tiempo, como el primer día. Aunque tal vez no lo sepa hasta leer esto.
  • Gracias a Liliana Bergaña de Pistacchi, la segunda mentora en el orden temporal, pero no hay escalafones en el afecto. La persona más apasionada que he conocido, en su contemplación maravillada de la literatura. En pocas palabras: un ser luminoso.
  • Gracias a Alicia Sisca, que completa la trinidad de profesoras, a quien conocí ya pasada mi adolescencia, durante los años de facultad. De su mano viví, además de enriquecedoras jornadas de estudio, la experiencia inolvidable de escuchar mis versos, mientras formaba parte de un auditorio numeroso e inclusive exigente.
  • Gracias a Vanina Sierra, mi profesora de guión, por enseñarme a pensar en imágenes y por abrir más de una puerta a la imaginación, desde otro punto de referencia. Espero no cerrar nunca esas puertas y animarme a atravesarlas más seguido.
  • Gracias a Pedro Mairal, a quien tuve el placer de conocer al asistir a su taller literario. Su guía generosa y siempre constructiva me liberó de no pocos temores y me instó a continuar en la senda del eterno intento.
  • Gracias a mi madre, de quien he heredado la admiración por la poesía y la necesidad innata de la palabra escrita como cobijo.
  • Gracias a mi padre, el hacedor de letras, que con su noble madera de maestro me transmitió en silencio el gusto por esos símbolos estéticos en el tiempo primero, antes de que yo supiera lo que significaban y pudiera combinarlos en palabras.
  • Gracias a mis tías y tíos, por ofrecer su sensibilidad receptiva a más de una lectura de mis borradores adolescentes y por tener fe en mis palabras primeras.
  • Gracias a Leo, por la paciencia infinita, por acercar sus propias palabras a mi corazón y por hacer de la vida un permanente tributo a la verdad, el amor y la belleza.
  • Gracias a mis amigas, a aquellas que han sobrellevado estoicamente la lectura de interminables versos adolescentes y no tanto. Sobre todo a las que aún hoy hacen de dicha lectura una extensión del culto a nuestra amistad.
  • Y gracias a mi editora, creadora de espacios y tiempos fértiles para la poesía, que además de lectora, revisora, cómplice y amiga, es la hacedora de milagros como éste.

Romina Carla Cinquemani