febrero 2

Mis manos

Dejad hablar y oíd las voces de mis manos.

Ellas contienen todo. El libro de la Vida
se ha escrito en ellas, definitivamente.

Hablan la tierra, el viento, los mares y desiertos,
las montañas y bosques, el azur y los hielos.
Todo está aquí en mis manos. Las grafías
que Dios trazó sobre ellas, el libro que se oculta,
los ojos del vidente. Oíd, Oíd, hablan mis manos.

Cada vena es un túnel, entrad en ellos.

Ángeles y Demonios murmuran en su sangre.

Ellas, ellas ajusticiaron los sueños mas
hermosos. Dominaron los vientos y calmaron
las aguas. Bendijeron el cáliz y clavaron las otras
a la cruz y el madero. Ellas acariciaron
la carne del Cordero. Asesinas y amantes dejad
hablar las voces que gimen en mis manos.

La memoria del mundo está en mis manos.
Agripina en la mar envuelta en odio. O las salvajes
manos de Jerjes azotando las tempestades áureas.

Las manos del auriga que conducía el sol
hacia la noche y alcanzaba en sus vuelos
las nocturnas estrellas de una sonata en si.

Las manos de Alejandro. Zafiros que en la noche
temblaban en los lechos de jóvenes amantes.

Y las manos de Antinoo quitándose la luz de sus ojos
de ciervo herido por Diana. Escuchad a mis manos

Antiguas como el mundo. Como el mundo culpables
e inocentes y puras como los devenires
sin otro fin que ser La Memoria de Laquesis.

Ahora secas. Sin savia. Ahora añosas. Más fieles
a la tierra y al sentido terreno de los cuerpos
humanos. Raíces son mis manos. Raíces para

Bajar al fondo del memorial humano. Y sus
dedos señalan los agudos crepúsculos que enracimados
tornan a ser luz del mañana. Escuchad a mis manos.
Mis manos hablan. El lenguaje reposa aquí
en mis manos y el amor que se escalda y mora
aquí en mis manos.

Leed pues en mis manos el destino del mundo.

En el espejo cabe el libro de la vida. Y el de la muerte
bebe aquí en mis manos ahora
en que un caballo alado es montado por sombras

Y un Adamita calla ya para siempre a solas.

Para Alejandro Drewes
Por su porvenir.

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