enero 28

La piedra dicta el verbo de la nervadura.
Las venas salan los mares de la diosa azul.
El cuello ondulado del río profundo
desgrana los cielos ungidos que callan.
Es la urgencia de la arena herida
(la) que busca el tamiz de los dedos tibios.
La materia hipócrita no se deshoja en la nieve.
Como los sauces desvarío en la pendiente verde,
encarno al monje blanco que ya es montaña y vacío.
La sombra del sabio tigre se aquieta y
perfuma el sagrado secreto del refugio.
Se abren los sabores de las noches florecidas.
El puño ciego quiebra cada semilla
en su mortero claro, sin sangre de luna.
El viento de los años no agota los amores,
ni cruje el alma peregrina, reflejo del rocío.
Me crispo en las escamas de mi mitad dragón,
la leyenda invisible, dormida en la palma del bosque.