enero 28

Le nací al mundo camuflada en inocencia
pero poco duró el apego a lo sagrado,
pues ardieron al tiempo todas mis naves
y mi pureza, a fuerza de catástrofe y noticiero
se encendió de pena al codearse con la muerte.
Me afilé los colmillos en sueños
para arrancar de mi voz los imposibles.
Hundí la sangre en la paciencia de mis abuelas
y forjé con oro azul una armadura de silencio.
Con las manos guerreras de mi madre
me crucé en el pecho valentía,
y me colgué del hombro su temple de hembra bendita.
Desandé los caminos de mi padre
amando lo que él ama y
leí por sus ojos en nuestro lenguaje mudo
que su arte es mi familia
y su proeza, un cúmulo de amor entreverado.